Hay un paso de ballet que lo conecta todo: relevé.
Relevé significa elevar los talones.
Pero no a base de fuerza.
Para que un relevé salga bien, el cuerpo primero debe auto-elongarse.
En un gesto suave, casi elegante.
Como si alguien te tirara de un moño imaginario en la coronilla
(o, menos delicado, desde tus dos orejas hacia el techo).
Y es entonces cuando los talones se elevan.
Pies en el suelo.
Cabeza alta.
Alárgate… y voilà.
No subes porque aprietes.
Subes porque todo tu cuerpo se organiza mejor para vencer la gravedad.

El problema es que, en la vida diaria, hemos dejado el relevé de lado.
Nos encogemos.
Cabeza adelantada,
costillas comprimidas,
abdomen abombado.
Todo empujando hacia el suelo.
Y la gravedad, que no descansa nunca, hace su trabajo.
Cuando el cuerpo pierde esa auto-elongación natural,
las presiones se reparten peor.
Las vísceras son empujadas.
El suelo pélvico recibe más carga de la que puede gestionar.
Y a la larga, vienen los problemas.
No porque tus músculos estén “flojos”,
sino porque han perdido su capacidad de responder correctamente
a las cargas que vienen de arriba.
El suelo pélvico no trabaja aislado.
Trabaja cuando el cuerpo se alarga, se coordina
y reparte las fuerzas con inteligencia.
Eso es relevé fuera del ballet.
No subirte a unas puntas.
Sino dejar de colapsar ante la gravedad.
A veces no necesitamos hacer más ejercicios.
Necesitamos volver a elevarnos.
Relevé-late.
Seguimos.
Neus
