Conocí a Estefanía mientras trabajaba como fisioterapeuta en una mutua.
Cinco minutos de tratamiento por paciente.
Ya ves.
El fast food de la fisioterapia.
Pero eso lo dejaremos para otro día.
El caso es que Estefanía faltó una semana a la clínica por una gripe fuerte.
De esas que no te dejan parar de toser.
En aquella época yo ya empezaba a formarme en suelo pélvico y, cuando volvió a consulta, me dijo nada más verme:
—Neus, tengo un problema ahí abajo.
Me contó que después de tres días sin parar de toser, empezó a notar algo extraño.
Como si algo se le hubiera “descolgado”.
Un bulto que le molestaba.
Cuando descansaba parecía mejorar.
Pero después del trabajo, la sensación era tan intensa que tenía que parar.
Estefanía doblaba turnos como limpiadora.
Pasaba muchas horas de pie.
Y la presión era muy difícil de sostener.
Había tenido a su hija hacía unos ocho años.
—No, no tengo problemas —.
Solo se me escapan unas gotitas si me río mucho. Vamos, lo normal…
Pero ahora estoy desesperada…
—¿Qué hago?
A Estefanía nadie le había explicado cómo funciona esa zona del cuerpo.
Todo lo que hay dentro de la pelvis no se sostiene como una pared rígida.
Se parece más a una hamaca.
Una hamaca sostenida por cuerdas —ligamentos y fascias— que necesitan estar en equilibrio.
No rígidas
Si no elásticas y coordinadas.
Cuando ese sistema se desequilibra, cuando recibe demasiada presión sin poder adaptarse,
la hamaca cede.
No porque esté rota.
Sino porque lleva tiempo sosteniendo más de lo que puede.
En el caso de Estefanía, la tos constante fue la gota que colmó el vaso.
Pero su cuerpo ya llevaba tiempo avisando.
El primer paso es entender.
Entender qué está pasando.
Adaptar hábitos.
Darse tiempo.
Cuidarse y volver a tenerse en cuenta.
Te cuento su historia porque muchas mujeres llegan a consulta pensando que algo “se ha estropeado”.
Y lo que suele pasar es que el cuerpo ha estado sosteniendo demasiado, durante demasiado tiempo, sin ayuda.
Seguimos.
Neus
